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Domingo - 01.Agosto.2010

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Yemen

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Este es uno de mis viajes más preciados. Y uno de los lugares más sorprendentes que probablemente visitaré jamás. No hubo día que no experimentara sensaciones nuevas, que no descubriera aspectos desconocidos, sensaciones por disfrutar. Pese a que, en la actualidad, no esté muy recomendado viajar al Yemen (las disputas tribales con el Gobierno convierten al turista en un preciado útil de chantaje), todavía es uno de los lugares más fascinantes del planeta, sin ningún tipo de parangón, anclado en unas tradiciones ancestrales y unas genuinas formas de vida que para la mentalidad occidental remiten a otras épocas.

1. Sanaa

Nada más llegar al Yemen, al contemplar aquellos rostros curtidos por los años y las guerras, con sus yambias (puñales de hoja curva de considerable tamaño) ostentosamente visibles en la cintura, y sus vestidos propios de un mundo todavía inmerso en la tradición y la costumbre, la primera impresión que asalta al viajero es la de haber retrocedido un par de siglos, de haber regresado a una época perteneciente a cualquiera de los relatos que los primeros viajeros nos legaron acerca de la fascinante y milenaria cultura árabe. Y salvando los inevitables Toyotas con invariablemente el viajero se tropieza en cualquier lugar del país, lo cierto es que Yemen se conserva todavía cual antiguo reino medieval aparecido mágicamente en el tecnológico y abierto mundo del siglo XXI.

A pesar de haber sido un lugar asolado por continuas guerras a través de su historia, la fantástica arquitectura yemenita, en todas sus variantes, se alza para el visitante que acaba de tomar tierra como el aspecto más característico del país. Sanaa, nunca lo suficientemente ensalzada como se merece, es un continua e incansable muestra de edificios construidos con ladrillo, piedra y adobe profusa pero magníficamente decorados, nunca iguales uno de otro, con vistosos dibujos decorando ventanas, frisos, puertas y tejados, cuidando detalles apenas apreciables en sí mismos pero que convierten el conjunto en una de las ciudades más bellas y fascinantes del planeta -probablemente la más impresionante que haya visto para el que esto escribe.
Sus calles son estrechas, con unos zocos vivos y magníficos que en nada tienen que envidiar los otros grandes bazares de Oriente Próximo. Decenas de alminares, con sus preceptivas cinco llamadas diarias a la oración, van punteando rítmicamente las soleadas terrazas delas casas. La ciudad irradia esplendor y sosiego al mismo tiempo, e invita al viajero a su contemplación desde lo alto de cualquier de sus edificios para disfrutar con serenidad de su inigualable encanto.
Gracias a las ayudas que la UNESCO le destina como Patrimonio Cultural de la Humanidad, el cuidado de calles y fachadas es elevado, y muchas de las calzadas ofrecen un suelo empedrado en perfecto estado. La ciudad amurallada es así un perfecto ejemplo de esplendor y belleza, objeto de placer para cualquier fotógrafo, a pesar de los inevitables cables eléctricos que cruzan paredes y cielos sin excesiva armonía ni cuidado.
El carácter de sus habitantes, afable y pleno de consideración hacia el visitante, favorece el paseo relajado y tranquilo por sus calles y facilita al fotógrafo avezado la captura de los rostros que dan vida y calor al país.
La sociedad yemenita reserva a la mujer un papel reducido únicamente al ámbito familiar, y de ahí su nula presencia en comercios y zocos. La vestimenta de negro riguroso que las cubre totalmente excepto los ojos es uno de los aspectos que más llama la atención del viajero occidental. Para el fotógrafo no arriesgado, sin embargo, esa imagen impactante únicamente podrá quedar impresa en el recuerdo, ya que una de las más tajantes advertencias que se le hacen al llegar a la ciudad es la conveniencia de abstenerse de fotografiarlas, con riesgo de lo contrario de mantener la integridad de sí mismo y del equipo.
Sanna bien merece unos días. Y no para recorrer sus museos, mezquitas o palacios, de cuya abundancia no puede presumir, sino para disfrutar de su existencia como tal; para saborear el aroma de sus calles; para contemplar la increíble factura de sus edificios; para maravillarse con la intensa cotidianeidad de sus gentes, sus costumbres y sus modos de vida; en resumen, para regresar siquiera en espíritu a una época y un mundo que muy bien pudieran haber pertenecido al antiguo Reino de Saba. **PAG**

 

2. El Este
Abandonar Sanaa causa al viajero cierta sensación de tristeza por la pérdida de lo irrecuperable, sabedor de la imposibilidad de hallar en el planeta un lugar que se le asemeje mínimamente. Ahora sólo quedarán el recuerdo y las milagrosas fotografías para devolverle alguna de aquellas impresiones vividas, siquiera un mínimo instante de su aroma, o para recuperar torpemente el hormigueo sentido al descubrir frente a sí la excelsa belleza de sus calles y edificios. Sin embargo, esa pérdida quedará amablemente compensada por lo mucho y maravilloso que resta aún por descubrir.

Atravesamos el desierto Ramlat as-Sab’atayn, aparentemente infinito en su extensión según nos vamos adentrando en él. Los cientos de duros y arenosos kilómetros recorridos parecen querer devolver al ser humano a su primigenia dimensión dentro del espacio natural, del universo incluso. Es una jornada dura pero excitante. Hace un calor intenso y el polvo se introduce por la menor rendija. Aunque montados en cómodos toyotas en lugar de los tradicionales camellos, uno puede hacerse fácilmente a la idea de las extraordinariamente duras condiciones de vida que impone este espacio físico.
Al finalizar el desierto, entramos en el valle de Hadhramawt, el más extenso de la península arábiga. A pesar de la profunda transformación que poco a poco va experimentando el paisaje, el calor continúa siendo abrumador.
Uno de los puntos a priori más atractivos de la ruta es Shibam, la ciudad de los rascacielos de adobe, y ciertamente no defrauda lo más mínimo. Edificios de hasta diez pisos de altura, calles estrechas a modo de laberinto. decenas de cabras y ovejas deambulando sin control, y niños, cientos de niños por todas partes (Yemen es uno de los países con mayor índice de natalidad del mundo) reciben al entusiasmado visitante. Sorprende sobre todo la construcción de los edificios y su durabilidad: algunos tienen más de cuatrocientos años. Utilizan para ello ladrillos de barro en un estilo único en el mundo. Vista desde lo alto de una colina próxima, la belleza de esta gran manzana se torna indescriptible. Por fortuna, el fotógrafo experimentado no abandona su cámara en este apasionante país. Junto a Shibam, se hallan también Tarim y Seyun. En la primera, curiosamente, pueden encontrarse cierto tipo de palacios y otros edificios de estilo asiático, construidos por algunos emigrantes retornados al país (bien provistos de dinero, por supuesto).

De camino hacia el sur, tomamos la vieja ruta que lleva a Al-Mukhalla vía Wadi Doan. Sin que las altas temperaturas nos abandonen en ningún momento, ello nos permite atravesar decenas de pequeños asentamientos a lo largo de este valle apacible y tranquilo, apreciar la importante vegetación a que las numerosas aguas subterráneas y las escasas lluvias dan lugar, cruzar por vías sólo accesibles en vehículos todoterreno, dormir a la luz de la luna en lo alto de una de las cimas que rodean el valle... Desgraciadamente, a veces las fotografías no bastan para recoger todas las sensaciones que uno va viviendo minuto a minuto en lugares tan excitantes como Yemen.
Conforme nos aproximamos a Al Mukhalla, ciudad portuaria situada a las puertas del Mar de Arabia, la humedad se va haciendo más apreciable. Tras la dura jornada del día anterior, el viajero agradece la posibilidad de pasear tranquilamente por las antiguas calles de este puerto pesquero, y apreciar asimismo el excelente pescado que se da en esta parte del planeta.
Tras descansar y disfrutar del paseo relajado por Al-Mukhalla y limpiar mínimamente nuestro maltrecho equipo fotográfico, nos dirigimos a unas playas cercanas, en Bir-Ali, para acabar de recuperarnos de las duras pero hermosas jornadas vividas en el desierto de Ramlat as-Sab’atayn y los valles de Hadhramawt y Doan.
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3. El oeste

Tras el reparador descanso en las playas de Bir-Ali, continuamos el recorrido hacia la parte más montañosa, en el oeste, lo que, por otra parte, nos permite alejarnos de las elevadas temperaturas que hasta la fecha nos han perseguido incesantemente.
Los conflictos tribales que padece Yemen nos impiden visitar la población de Rada como se merece. Sin embargo, de camino a Taiz, atravesamos dos de las poblaciones de mayor encanto en esta parte del país: Ibb y Jibla.
La arquitectura, sin dejar de ser sorprendente, se transforma poco a poco. El adobe va dejando paso a la piedra, más estable y duradera para las condiciones de esta zona, pero la extraordinaria belleza y el diseño de las construcciones no desmerece lo más mínimo a lo visto hasta ahora: la decoración de las ventanas, la fachadas y las puertas ponen de manifiesto que el sencillo y sin embargo exquisito gusto yemenita por la ornamentación no varía a lo largo del país. Jibla, un pequeño puebla construido sobre una colina de basalto, es un ejemplo perfecto de construcción autóctona en las tierras altas.
Taiz, de la que dicen que es la ciudad más occidentalizada del Yemen ya que fue capital de la antigua república del sur, da algunas muestras que quizá confirman esa apariencia más moderna: se ven bastantes mujeres con el rostro descubierto, e incluso en la parte más nueva de la ciudad pueden verse algunos edificios de construcción occidental y algún modesto centro comercial. No obstante, en su mayor parte conserva ese cariz inigualable que la define sin duda alguna como una ciudad plenamente yemenita.
Dejamos Taiz para dirigirnos a algunos de los puntos más elevados del país. No obstante, una oportuna parada en el camino permitirá al viajero disfrutar del espectáculo inenarrable que supone el mercado de Bayt Al Faquih, el mejor del país según sus habitantes, y cuya atmósfera indescriptible (camellos, vacas famélicas, miles de personas, curanderos que ejercitan sus habilidades mediante la aplicación de sanguijuelas, puestos de especias, de frutas, y de todo aquello que se quiera imaginar) permite al fotógrafo poner en su cámara los cinco sentidos.
Continuamos el recorrido ascendente para atravesar otras poblaciones que en modo alguno defraudan al viajero: Manakha (uno de los puntos más aconsejables para practicar trekking y desde donde se disfruta de una de las vistas más hermosas que este viajero pueda recordar), Al Tawila, hasta llegar a Kawkaban, población que se encuentra en lo alto de un promontorio desde donde se divisa una buena parte de la provincia de Al Mahweet. A muy poca distancia, pueden ser visitadas también las localidades de Thula y Hababa, esta última otra de las pequeñas maravillas que Yemen reserva a sus visitantes.
Por un breve instante abandonamos las hermosas poblaciones montañesas para llega a Sada, localidad amurallada al norte del país, y que pese a las semanas de viaje y a todo lo ya visto, consigue igualmente subyugar al viajero como si acabase de tomar tierra. Volvemos a las construcciones predominantemente de adobe, y aunque de estilo sobrio, el conjunto, visto al atardecer desde lo alto de sus murallas, transmite una calidez que casi consigue adormecer.
Sin embargo, y a pesar de todos los kilómetros recorridos y de todas las maravillas contempladas, queda todavía lo que, sin duda alguna y salvando la capital, Sanaa, quedará más firmemente impreso en el recuerdo de quien esto escribe: Shahara.
Se trata de una pequeña y casi inaccesible población situada a 2.600 m. de altitud, en la cima de una montaña de su mismo nombre. La forma de acceso más corriente, a pie, se lleva a cabo cruzando un antiguo y hermoso puente de piedra que une el pueblo con otras localidades y que permite a quien lo transita disfrutar de uno de los paisajes más abruptos pero hermosos del país. Las vistas son inigualables mientras se atraviesan las nubes que a esas horas de la mañana recubren los picos para difuminarlos en la distancia. Cada kilómetro de descenso supone una nueva sensación ante lo que se va descubriendo poco a poco. A lo lejos, en la distancia, se distinguen los campos, los caminos, los pueblos y las gentes que el viajero se dispondrá a abandonar en breve plazo, pero que a buen seguro quedarán impresas en su recuerdo mientras viva. Las fotografías tomadas durante todas estas semanas, más allá de su calidad o su belleza, serán sus principales aliados para ello.

 Etiquetas: yemen
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28/01/2008 ir arriba
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