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3. El oeste
Tras el reparador descanso en las playas de Bir-Ali, continuamos el recorrido hacia la parte más montañosa, en el oeste, lo que, por otra parte, nos permite alejarnos de las elevadas temperaturas que hasta la fecha nos han perseguido incesantemente.
Los conflictos tribales que padece Yemen nos impiden visitar la población de Rada como se merece. Sin embargo, de camino a Taiz, atravesamos dos de las poblaciones de mayor encanto en esta parte del país: Ibb y Jibla.
La arquitectura, sin dejar de ser sorprendente, se transforma poco a poco. El adobe va dejando paso a la piedra, más estable y duradera para las condiciones de esta zona, pero la extraordinaria belleza y el diseño de las construcciones no desmerece lo más mínimo a lo visto hasta ahora: la decoración de las ventanas, la fachadas y las puertas ponen de manifiesto que el sencillo y sin embargo exquisito gusto yemenita por la ornamentación no varía a lo largo del país. Jibla, un pequeño puebla construido sobre una colina de basalto, es un ejemplo perfecto de construcción autóctona en las tierras altas.
Taiz, de la que dicen que es la ciudad más occidentalizada del Yemen ya que fue capital de la antigua república del sur, da algunas muestras que quizá confirman esa apariencia más moderna: se ven bastantes mujeres con el rostro descubierto, e incluso en la parte más nueva de la ciudad pueden verse algunos edificios de construcción occidental y algún modesto centro comercial. No obstante, en su mayor parte conserva ese cariz inigualable que la define sin duda alguna como una ciudad plenamente yemenita.
Dejamos Taiz para dirigirnos a algunos de los puntos más elevados del país. No obstante, una oportuna parada en el camino permitirá al viajero disfrutar del espectáculo inenarrable que supone el mercado de Bayt Al Faquih, el mejor del país según sus habitantes, y cuya atmósfera indescriptible (camellos, vacas famélicas, miles de personas, curanderos que ejercitan sus habilidades mediante la aplicación de sanguijuelas, puestos de especias, de frutas, y de todo aquello que se quiera imaginar) permite al fotógrafo poner en su cámara los cinco sentidos.
Continuamos el recorrido ascendente para atravesar otras poblaciones que en modo alguno defraudan al viajero: Manakha (uno de los puntos más aconsejables para practicar trekking y desde donde se disfruta de una de las vistas más hermosas que este viajero pueda recordar), Al Tawila, hasta llegar a Kawkaban, población que se encuentra en lo alto de un promontorio desde donde se divisa una buena parte de la provincia de Al Mahweet. A muy poca distancia, pueden ser visitadas también las localidades de Thula y Hababa, esta última otra de las pequeñas maravillas que Yemen reserva a sus visitantes.
Por un breve instante abandonamos las hermosas poblaciones montañesas para llega a Sada, localidad amurallada al norte del país, y que pese a las semanas de viaje y a todo lo ya visto, consigue igualmente subyugar al viajero como si acabase de tomar tierra. Volvemos a las construcciones predominantemente de adobe, y aunque de estilo sobrio, el conjunto, visto al atardecer desde lo alto de sus murallas, transmite una calidez que casi consigue adormecer.
Sin embargo, y a pesar de todos los kilómetros recorridos y de todas las maravillas contempladas, queda todavía lo que, sin duda alguna y salvando la capital, Sanaa, quedará más firmemente impreso en el recuerdo de quien esto escribe: Shahara.
Se trata de una pequeña y casi inaccesible población situada a 2.600 m. de altitud, en la cima de una montaña de su mismo nombre. La forma de acceso más corriente, a pie, se lleva a cabo cruzando un antiguo y hermoso puente de piedra que une el pueblo con otras localidades y que permite a quien lo transita disfrutar de uno de los paisajes más abruptos pero hermosos del país. Las vistas son inigualables mientras se atraviesan las nubes que a esas horas de la mañana recubren los picos para difuminarlos en la distancia. Cada kilómetro de descenso supone una nueva sensación ante lo que se va descubriendo poco a poco. A lo lejos, en la distancia, se distinguen los campos, los caminos, los pueblos y las gentes que el viajero se dispondrá a abandonar en breve plazo, pero que a buen seguro quedarán impresas en su recuerdo mientras viva. Las fotografías tomadas durante todas estas semanas, más allá de su calidad o su belleza, serán sus principales aliados para ello.
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