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2. El Este
Abandonar Sanaa causa al viajero cierta sensación de tristeza por la pérdida de lo irrecuperable, sabedor de la imposibilidad de hallar en el planeta un lugar que se le asemeje mínimamente. Ahora sólo quedarán el recuerdo y las milagrosas fotografías para devolverle alguna de aquellas impresiones vividas, siquiera un mínimo instante de su aroma, o para recuperar torpemente el hormigueo sentido al descubrir frente a sí la excelsa belleza de sus calles y edificios. Sin embargo, esa pérdida quedará amablemente compensada por lo mucho y maravilloso que resta aún por descubrir.
Atravesamos el desierto Ramlat as-Sab’atayn, aparentemente infinito en su extensión según nos vamos adentrando en él. Los cientos de duros y arenosos kilómetros recorridos parecen querer devolver al ser humano a su primigenia dimensión dentro del espacio natural, del universo incluso. Es una jornada dura pero excitante. Hace un calor intenso y el polvo se introduce por la menor rendija. Aunque montados en cómodos toyotas en lugar de los tradicionales camellos, uno puede hacerse fácilmente a la idea de las extraordinariamente duras condiciones de vida que impone este espacio físico.
Al finalizar el desierto, entramos en el valle de Hadhramawt, el más extenso de la península arábiga. A pesar de la profunda transformación que poco a poco va experimentando el paisaje, el calor continúa siendo abrumador.
Uno de los puntos a priori más atractivos de la ruta es Shibam, la ciudad de los rascacielos de adobe, y ciertamente no defrauda lo más mínimo. Edificios de hasta diez pisos de altura, calles estrechas a modo de laberinto. decenas de cabras y ovejas deambulando sin control, y niños, cientos de niños por todas partes (Yemen es uno de los países con mayor índice de natalidad del mundo) reciben al entusiasmado visitante. Sorprende sobre todo la construcción de los edificios y su durabilidad: algunos tienen más de cuatrocientos años. Utilizan para ello ladrillos de barro en un estilo único en el mundo. Vista desde lo alto de una colina próxima, la belleza de esta gran manzana se torna indescriptible. Por fortuna, el fotógrafo experimentado no abandona su cámara en este apasionante país. Junto a Shibam, se hallan también Tarim y Seyun. En la primera, curiosamente, pueden encontrarse cierto tipo de palacios y otros edificios de estilo asiático, construidos por algunos emigrantes retornados al país (bien provistos de dinero, por supuesto).
De camino hacia el sur, tomamos la vieja ruta que lleva a Al-Mukhalla vía Wadi Doan. Sin que las altas temperaturas nos abandonen en ningún momento, ello nos permite atravesar decenas de pequeños asentamientos a lo largo de este valle apacible y tranquilo, apreciar la importante vegetación a que las numerosas aguas subterráneas y las escasas lluvias dan lugar, cruzar por vías sólo accesibles en vehículos todoterreno, dormir a la luz de la luna en lo alto de una de las cimas que rodean el valle... Desgraciadamente, a veces las fotografías no bastan para recoger todas las sensaciones que uno va viviendo minuto a minuto en lugares tan excitantes como Yemen.
Conforme nos aproximamos a Al Mukhalla, ciudad portuaria situada a las puertas del Mar de Arabia, la humedad se va haciendo más apreciable. Tras la dura jornada del día anterior, el viajero agradece la posibilidad de pasear tranquilamente por las antiguas calles de este puerto pesquero, y apreciar asimismo el excelente pescado que se da en esta parte del planeta.
Tras descansar y disfrutar del paseo relajado por Al-Mukhalla y limpiar mínimamente nuestro maltrecho equipo fotográfico, nos dirigimos a unas playas cercanas, en Bir-Ali, para acabar de recuperarnos de las duras pero hermosas jornadas vividas en el desierto de Ramlat as-Sab’atayn y los valles de Hadhramawt y Doan.
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