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Este fue uno de mis primeros viajes, aprovechando uno de esos puentes de cinco o seis días con que, de vez en cuando, conseguimos alejarnos de la aburrida rutina de cada día. No hay texto alguno: no lo escribí entonces, y no he creído oportuno hacerlo ahora, tantos años después. Sin embargo, la fascinación que entonces me causó la atmósfera lenta pero intensa de Lisboa todavía la conservo. De aquel viaje quedan, también, las fotografías que siguen.


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