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| Hacemos un alto en el camino para contemplar cómo el bosque nos rodea por completo |
El camino transcurre casi siempre a través del bosque espeso, en un continuo subir y bajar que, unido a la humedad y al calor (aunque, por suerte, el día está nublado, lo que nos libra del sol), consigue cansar hasta casi el agotamiento. Hacemos varias paradas en el camino para recrearnos en la espesura que nos rodea. Aunque el asombro ya no es el mismo, sigue sorprendiendo la inmensa densidad del bosque, la enormidad de plantas y árboles, e incluso la belleza de algunas ramas que se enredan entre sí formando hermosas figuras. La necesidad de vadear un río nos proporciona un leve refresco, liberándonos por un segundo del pegajoso sudor que nos empapa sin distinción de sexo o nacionalidad. Apenas vemos animales: alguna que otra ardilla y varias lagartijas de tamaño más que considerable. Sumidos ya en un cansancio que nadie puede disimular, llegamos finalmente al campamento donde la comida y un pequeño baño en el río Mae Tang nos recobrarán del esfuerzo realizado.
No había montado nunca antes en elefante, y aunque en la actualidad la mayor parte de ellos se destinan al turismo, antiguamente era una forma muy habitual tanto de transporte como de fuerza de trabajo en Tailandia. El recorrido que realizamos es atractivo: bajamos junto al río Mae Tang, zigzagueando de una orilla a otra, a un ritmo mayor del que en principio suponía. Finalmente, llegamos al poblado Lahu, un conjunto de cabañas junto al río, un enclave menos exótico que el precedente. Nadie viste a la manera tradicional, y la proximidad con otras poblaciones próximas le resta espectacularidad. No obstante, al adentrarnos un poco en el interior podemos disfrutar aún de cierta atmósfera peculiar y, ahora sí, sufrir el acoso de los niños que se abalanzan sobre nosotros al vernos llegar.
Los Lahu son de origen tibetano. Son animistas, y además de agricultores, también se dedican a la caza. Durante nuestra estancia, sin embargo, y a diferencia de lo vivido en el poblado Karen, apenas podemos observar ninguna característica sustancial de sus formas de vida. Sí observamos, no obstante, que el turismo también afecta de manera importante a sus actividades: una de las tareas en que se empeñan más activamente es la construcción de balsas de bambú, que posteriormente utilizarán los turistas para el descenso del río -como mañana mismo haremos nosotros. De hecho, la balsa que utilizaremos al día siguiente está siendo construida ese mismo día.
No hay mucho más que hacer en el lugar: ver, oler y sentir. Desgraciadamente, a la vuelta del viaje comprobaré que el carrete de fotografías realizado allí se ha extraviado, así que tendré que dejar únicamente a la memoria el recuerdo de aquel sitio que probablemente no volveré a visitar jamás.
Viernes 22 de junio de 2001
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| A lo largo del río se suceden las poblaciones |
La balsa que comenzaron a construir ayer ya está totalmente terminada, así que, tras un rápido desayuno, colocamos las mochilas y cámaras de manera que no se vean afectadas por el agua, y montamos después nosotros tratando de equilibrar el peso para no hundirnos. El Mae Tang es, en su mayor parte, un río tranquilo. Sin embargo, atravesamos algunos rápidos que en algún momento me hacen temer por la estabilidad de la balsa. El río no es profundo ni peligroso, pero mi temor reside fundamentalmente en la posibilidad de que el equipo fotográfico acabe completamente empapado. Aparte de esto, el descenso se hace tremendamente divertido. Durante casi dos horas nos vamos deslizando suavemente por las aguas hasta que algún pequeño rápido se cruza en nuestro camino y lanza la balsa con rapidez hacia las piedras, que la destreza de los guías consigue evitar con habilidad. Casi dos horas después, el recorrido llega a su final, donde nos espera de nuevo el coche para llevarnos a Chiang Rai, en uno de cuyos hoteles pasaremos la noche.
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| El paisaje esta surcado por numerosos campos de arroz, alimento base de la dieta asiatica |
Durante el trayecto podemos disfrutar de los numerosos campos de arroz que jalonan el camino, campos inundados de agua algunas veces, hermosamente verdes en otras, pero ajenos al fulgor tropical donde hemos vivido los últimos días. Finalmente llegamos a Chiang Rai con el tiempo justo de darnos una reparadora (hoy más que nunca) ducha y de cenar. En esta ocasión, tenemos ocasión de probar una de las sopas más sabrosas de tailandia, llamada kai tom kah, cuyo ingrediente principal es el pollo aderezado con lima, galanga y esquemanto, especias que le proporcionan un sabor inigualable pero difícilmente descriptible.
Como colofón a las jornadas precedentes, decidimos tomar un masaje tailandés. Aconsejados por Chesda, uno de nuestros guías, elegimos un lugar de confianza. Así pues, durante dos horas somos sometidos a un auténtico masaje muscular que, comenzando por los dedos de los pies y acabando en la mismísima cabeza, no deja uno solo de nuestros músculos intacto. Algo doloroso en algunos momentos, el masaje no es relajante en absoluto, pero a su conclusión nos sentimos plenamente recobrados. Ni un sólo dolor muscular, ni una sola molestia. Verdaderamente una delicia. El precio pagado, 200 bahts por hora (unos 6 euros.) nos parece ridículo en comparación con el trabajo de las masajistas, y el resultado obtenido, absolutamente compensador. No nos queda tiempo para ver la ciudad, ya que a las once de la noche todo está cerrado; pero, por primera vez en tres días, consigo dormir profundamente.
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