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Martes 19 de junio de 2001
Todavía no me he acostumbrado al cambio horario, lo que unido a los ronquidos que uno de los ocupantes del vagón no ha parado de proferir en toda la noche apenas me ha permitido dormir tres o cuatro horas. Las primeras horas de la mañana me ponen en contacto por primera vez con el paisaje del norte: a través de las ventanillas del tren, la frondosidad de los bosques y el enorme tamaño de hojas y plantas van incrementado poco a poco mi deseo de llegar al destino y comenzar el trekking. A la llegada a Chiang Mai, recogidos por el autobús del hotel, nos alojamos en el Porn Ping Tower, un discreto rascacielos sin embargo muy bien situado y bastante confortable.
Tras la obligada ducha, nos disponemos a encarar nuestro tercer día de viaje. Chiang Mai puede dividirse, a grosso modo, en dos zonas principales: una zona amurallada (o antiguamente amurallada, ya en que la actualidad apenas quedan unas pequeñas piedras de lo que sin dura fue un grueso y elevado muro, aunque todavía permanece el foso alrededor), donde se hallan algunos de los templos principales y donde la vida parece mucho más liviana y fácil, y la parte que va desde las murallas al río Mae Ping, bastante más agitada y, por lo tanto, más atractiva (al menos en mi opinión). Nuestro primer paseo consiste en bajar por la calle Thaphae hasta la muralla, paseo que nos permitirá apreciar sin ambigüedades el diferente ritmo de vida de sus habitantes respecto a los de Bangkok. De camino, descubrimos algunos templos que difieren bastante de lo visto hasta ahora: son templos construidos de madera con dibujos y formas labradas, menos espectaculares pero -al menos para mí- más atractivos, más accesibles.
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| Warorot es un punto y aparte en Chiang Mai, la excepción que confirma la regla |
Es una ciudad tranquila, infinitamente tranquila si la comparamos con Bangkok. Diría incluso que la zona amurallada me resulta demasiado tranquila. Así que, tras pasear lentamente por sus calles y entrar en un Cibercafe para mandar unos cuantos e-mails a familiares y amigos, regresamos hacia el río en busca de algún lugar más excitante donde comer. Llegamos al mercado de Warorot y todo cambia de repente. Warorot es un mercado vivo, donde los tailandeses hacen sus compras habituales. Los precios son bajísimos, y abundan las imitaciones de todo tipo. Tras disfrutar durante un buen rato de aquel ambiente incontaminado, entramos finalmente a comer en el Galare Food Center, un complejo alimentario de diversos puestos de comida de todo tipo y procedencia, aunque a la hora que acudimos nosotros (sobre las tres de la tarde) muchos puestos están cerrados. Es un sitio cómodo, incluso en modo alguno carente de atractivo (en un mismo espacio puedes probar comida china, tailandesa, hindú y japonesa), pero parece, y de hecho lo está, montado para el turista. De cualquier modo, es barato y se come bien.
Después, todavía no repuesto del cansancio acumulado durante el largo viaje y de las noches casi sin dormir, aprovechamos una de las abundantes lluvias tropicales -que no dejarán de acompañarnos durante todo el viaje- para echar una pequeña siesta, al abrigo del aire acondicionado del hotel. Ya al anochecer, nos dirigimos al Mercado Nocturno, un conglomerado de calles y puestos que en la actualidad está absolutamente orientado al turista. Miles de objetos inservibles, figuras decorativas, ropa de imitación, etc. pueblan sin descanso los puestos que a ambos lados de Chang Klan, la arteria principal, inundan las aceras hasta llegar casi a impedir el paso. Para cenar, nos dirigimos al Anusarn Market, un conjunto de puestos de comida variada y de calidad agrupados alrededor de la calle Chang Klan, junto al mercado nocturno. Como al día siguiente comenzamos el esperado trekking por las montañas, nos retiramos al hotel para recuperar las fuerzas que de seguro vamos a necesitar.
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