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| Chinatown significa caos, ajetreo, gente |
Al poco descubrimos los primeros carteles en chino, pero apenas hay movimiento ni ajetreo. Pero al llegar a Charoeng Krung, todo cambia: de repente, las aceras se convierten en improvisados mercadillos donde cientos de chino-tailandeses venden lo que se quiera imaginar; un poco más adelante, avistamos los primeros puestos de comida, en uno de los cuales nos decidimos a cenar (y comprobamos lo barato que puede resultar la comida en este país: dos platos arroz y tallarines cuestan 62 baths en total, al cambio, menos de 2 euros.). Después, un breve paseo nos descubrirá el resto de callejuelas que surgen perpendiculares para cruzar por la otra gran arteria del barrio chino, Yaowa Rat, ésta repleta de enormes carteles y letreros de neón con caracteres chinos, al tiempo que el anochecer va dotando a la zona de un ambiente especial, un tanto embriagador, y los restaurantes y puestos de comida, del aroma imprescindible que todo barrio chino que se precie debe poseer. Un poco cansados por el viaje precedente, volvemos al hotel. Se hace necesario reponer fuerzas para los días que siguen. En realidad, el viaje no ha hecho sino comenzar.
Lunes 18 de junio de 2001
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| El conjunto de templos de Wat Pho destaca por su serenidad y equilibrio |
Debido a que a media tarde debemos marcharnos a Chiang Mai, decidimos dedicar la mañana a visitar el Gran Palacio y los templos aledaños.Para ello, tomamos unos de los barcos de línea que recorren en Chao Phraya y por unos módicos 10 bahts nos deja en Tha Chang, el embarcadero más próximo al Gran Palacio. No obstante, antes visitamos Wat Pho, un conjunto de templos justo detrás del Gran Palacio, más modesto pero, a mi modesto juicio, más atractivo: menos gente y, por ello, más tranquilo, más acogedor, rodeado de algunas pequeñas áreas ajardinadas, e incluso menos espectacular. En él se encuentra el famoso Buda acostado, según cuentan el más grande de Tailandia (aunque durante nuestra visita se encontraba encofrado por unos andamios que dificultaban su contemplación).
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| El Gran Palacio era la antigua residencia del Rey de Siam |
Después, llegamos al Gran Palacio, un complejo que me atrevería a tildar de exuberante. Además del Gran Palacio propiamente dicho (que sólo puede visitarse por fuera), se encuentran una serie de templos alrededor entre los de que destaca el Wat Phra Keo, un conjunto especialmente llamativo, de colores vivos y fuertemente contrastados, donde, a mi juicio, destacan sobre todo un chedi dorado a la izquierda del templo principal, y el Wat Phra Keo propiamente dicho, que alberga el llamado buda esmeralda, figura especialmente venerada por los tailandeses. Es importante para quien visite este conjunto de templos vestir adecuadamente, es decir: pantalones largos, los hombros cubiertos y nada de sandalias ni zapatos que dejen los pies al aire, aunque lo cierto es que en casi ningún otro templo del país son tan estrictos como aquí.
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| Kao Shan se ha convertido en un gueto para turista |
Un poco cansados ya de tanto colorido y tanta forma exuberante, nos dirigimos a comer a la zona de Chakra Pong, famosa por el número de guest houses que alberga. En la práctica, la zona se ha convertido casi en un gueto: prácticamente todo está montado para el turista, desde las tiendas a los restaurantes, y especialmente su avenida principal, Kaho San. En realidad, ello facilita sobremanera las actividades más básicas, pero le resta atractivo. Buscamos algo menos adulterado para comer y lo hallamos en Klang Nua, una calle casi a continuación de Kaho San, pero mucho más sosegada. Ello me da pie a probar una sopa de acendrado sabor, aunque algo picante, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, y confirmar lo barato que resulta comer en Tailandia. Tras tomar un café en uno de los muchos cafés de la zona (otra concesión al turista), volvemos al hotel para dirigirnos después a la estación de tren camino de Chiang Mai.
El tren nocturno está dispuesto de tal manera que las literas se sitúan a ambos lados del vagón. Cuando comienza a anochecer, un empleado va convirtiendo los asientos inferiores en mullidos colchones, y de la parte superior va haciendo aparecer unas cómodas literas en una de las cuales yo pasaré la noche. El aire acondicionado de que va dispuesto el tren promete un viaje agradable y tranquilo. Un poco cansado por el calor y la intensa humedad que no han dejado de acompañarnos ni un segundo, he de reconocer que la idea de echarme a dormir pronto me resulta un lugar atractiva y hasta necesaria.
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