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18.10.94 CANTÓN
Tras un viaje más duro de lo que al principio parecía, fundamentalmente a causa del deplorable estado de algunos tramos de la carretera, vuelven las dificultades a la hora de encontrar billete. Vamos de edificio en edificio sin hallar señal alguna de dónde se venden los billetes para Shenzhen. Un nativo se ofrece a guiarnos e incluso los compra por nosotros. Después, nos ofrece alojamiento en un hotel sólo para chinos, sensiblemente más barato, aunque compensa la diferencia exigiéndonos una comisión por el servicio. Sin embargo, he de reconocer que su ayuda nos evitó varias horas de peregrinaje por la estación.
Nada más llegar a Cantón, y antes de ir a comprar los billetes, tres sucesos seguidos me indican que, de acuerdo con todo lo lerdo, estoy en la ciudad más insegura de China: Varios individuos se enzarzan en una seria pelea callejera.
A menos de 5 metros de mi, un muchacho arranca de un tirón el collar que una mujer lleva en el cuello. Nadie reacciona.
Un hombre con un brazalete rojo persigue inútilmente, palo en mano, a un grupo de muchachos que escapan divertidos.
Sin embargo, el resto del día no depara ninguna otra sensación distinta a la de cualquier otra capital china. Queda la impresión, no obstante y tras haber estado en Pekín y en Shanghai, de que éstas fueran, junto con Cantón, y salvando algunas peculiaridades propias, la misma ciudad: las casas, las gentes, las calles, los ciclistas... Las ciudades de Mao son las ciudades de la uniformidad y la despersonalización. Se echa de menos el paisaje y la vida en Yangshuo.
19.10.94 CANTÓN - HONG KONG
Tras dejar el equipaje en consigna, queda el resto de la mañana para un último paseo. Como nos sobra bastante dinero chino, lo gastamos en un restaurante de alto nivel económico que, sin embargo, y servicio aparte, no resulta más satisfactorio que los pequeños restaurantes familiares donde habitualmente hemos comido. China se disfruta más como viajero que como turista. Creo que ésta es, quizá, la conclusión menos arriesgada que uno puede hacer después de todo. Las impresiones, los sentimientos, los descubrimientos, las sensaciones quedar n como lo que son: momentos, instantes maravillosos o turbadores, que van más allá de la mera descripción y que habitan en un universo mucho más complejo que la razón. Ése es, tal vez, el motivo por el que viajar supone para muchos una experiencia siempre nueva y siempre enriquecedora, un respiro placentero y una actividad excitante a la vez, donde el bien y el mal, lo absoluto y lo concreto se relativizan hasta perderse en la perspectiva abierta de la mirada.
Un tren de cercanías nos deja en Shenzhen, desde donde, a pie, cruzamos la frontera con Hong Kong. Nada más traspasarla, se hace evidente que entramos en otro mundo, en otra realidad: rascacielos, luces, automóviles, apenas bicicletas, ropa al más puro estilo occidental, miles de letreros y rótulos de neón... Sólo los rostros nos indican que, a pesar de todo, no hemos abandonado el continente asiático. Sin embargo, es claro que ya no nos hallamos en la China socialista. Es tiempo de recomponer ideas y ordenar sensaciones, lo que, con mayor o menor acierto, he tratado de hacer en las páginas que anteceden: el diario de un viajero independiente a la República Popular China.
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