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16.10.94 YANGSHUO
Uno de los placeres mayores en Yangshuo consiste en alquilar una bicicleta de montaña y lanzarse a recorrer los caminos que lo rodean. Ello
permite, además, visitar otros pueblos donde el extranjero es todavía un personaje incomprensible de aspecto, lenguaje y costumbres difíciles y extravagantes. Los grandes sombreros de paja para combatir el sol se divisan a lo lejos, agachándose y levantándose entre los campos de cultivo. La vida se adivina dura, pero quizá menos ingrata de lo que a nosotros nos resulta. La prisa parece no existir. Algunos niños se me acercan y me piden 1 yuan por dejarse fotografiar. A la entrada de los pueblos, uno puede avituallarse de agua porque el calor, en esta parte del planeta, aprieta lo suyo. Todo el mundo se dedica a su tarea, y el viajero puede permitirse observar sin mayor preocupación. Son instantes, momentos que nunca querría olvidar, pero ni siquiera las fotografías podrán retener el olor, las voces o la atmósfera que constantemente afluyen al viajero desde cada rincón.
La libertad de moverte en bicicleta por Yangshuo y alrededores no tiene parangón; ello solo, de por si, justifica el viaje a este país tan variado. En Yangshuo, además, nadie pretende engañar al turista (saben cuál es su negocio) y éste se halla, probablemente, en uno de los lugares más afables, tranquilos y hermosos del planeta.
17.10.94 YANGSHUO - GUILIN
A mediodía, tomamos un autobús con destino Guilin, para desde allí coger otro esta misma noche con destino a Cantón, última ciudad a visitar en la República Popular China antes de llegar a Hong Kong.
El viaje de Guilin a Cantón es de lo más característico: se trata de un autobús con literas, no lo suficientemente cómodas para dormir a pierna suelta, aunque si permite un viaje más relajado. En el autocar, un chino trata insistentemente de trabar conversación conmigo (nada más llegar, me ofrece una litera vacante a su lado). Es empresario y se dedica a la importación de aluminio, pero su pronunciación inglesa es en muchos momentos incomprensible para m¡. Me pregunta muchas cosas sobre precios y salarios en España y le noto cierta envidia cuando le hablo de mis otros viajes por el mundo. Es evidente que, para ‚l, el "mundo occidental" es un referente obligado; me confiesa después lo difícil que es conseguir pasaporte en China porque el gobierno no quiere que sus ciudadanos salgan del país.
Tras esta conversación, y gracias al largo y relajado viaje nocturno, me permito hacer unas reflexiones, aunque poco rigurosas, sobre lo que para los chinos podemos representar el resto del mundo no oriental: sus miradas constantes, sus ojos observadores hacia nuestra ropa, hacia nuestros vestidos y calzados; quizá nos tengan como una realidad inalcanzable, quizá como personajes extravagantes e ingenuos a los que engañar no es sólo una posibilidad, sino una obligación (¿tendrá algo que ver con aquella idea infantil que de los europeos se tenía en España allá por los años 60?). Observo que modernidad es sinónimo de color, cierta extravagancia en la ropa infantil y uso de faldas -especialmente de minifaldas- entre las mujeres (en los pueblos nadie las lleva, ni tampoco las personas mayores de 50 años). La moda es otra gran pasión entre los chinos modernos: boutiques, peluquerías... Quizá haya más admiración hacia lo extranjero que extrañeza; un escueto viaje de un mes no permite sino intuir una vaga serie de ideas imprecisas y poco contrastadas.
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