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El lago Titicaca
8 de Julio. Tomamos un avión para Juliaca y continuamos en minibús hacia Puno. De paso, visitamos la necrópolis de Sillustani, conjunto de chullpas o torres funerarias que se yerguen sobre un pequeño cerro rodeado por un lago. Allí, nuestro guía de la zona, que presumía de ser un aymará 'puro' (uno de los pocos que quedan, según él decía) y acabó confesando que no hablaba la lengua aymará, nos ilustró con algunas disparatadas hipótesis acerca del procedimiento usado por los incas para cortar la piedra (la utilización de rayos láser) y el destino de los habitantes de la Atlántida.
Por fin llegamos a Puno, ciudad de urbanismo caótico, casas sin enlucir y calles (a veces sin asfaltar) repletas de taxis a pedales. Nuestro hotel está fuera de la ciudad, junto al lago Titicaca. Después de comer, damos un paseo hasta la isla Esteves (totora, patos y otras aves acuáticas en el lago; perros en el camino; al fondo, en la lejanía, Puno).
9 de Julio. Dedicamos el día a navegar por el lago. Desembarcamos primero en las islas flotantes de los uros y probamos una barca de totora. Continuamos luego hasta la isla Taquile. Después de desembarcar, emprendemos la interminable caminata que nos llevará hasta el pueblo, que está en lo alto de una colina. A lo largo del recorrido (y después, en el propio pueblo y en el camino de vuelta) los habitantes de la isla, vestidos al modo tradicional, intentan sacar dinero a los turistas de todas las formas posibles. En orden de frecuencia, de mayor a menor: se ofrecen para que los fotografíes, te intentan vender cualquier cosa, simplemente piden, pasan la bandeja después haber amenizado tu comida en el restaurante con unas cancioncillas. Aunque el paisaje es bonito, no merece la pena visitar Taquile si no es para ver sus restos arqueológicos y sus sitios ceremoniales (lo que nosotros no tuvimos ocasión de hacer).
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