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Boceto apresurado de una tierra intemporal.
Este relato no pretende ser una guía de lugares sino espejo de los sentimientos que me evocaron, me gustaría invitar a todos los que lean estas líneas a que amplíen, completen y enriquezcan el mosaico con sus datos y emociones, conforme a sus recuerdos, visiones y el espíritu con que vivieron o soñaron sus visitas.
Giza
La primera impresión de Egipto llegó en el aire. Sobre la superficie del desierto, desnuda roca al sol, se erguían, inmutables, imponentes, inmersas en su soledad de siglos, las pirámides por antonomasia, las de Keops, Kefrén y Mikerinos (¿serían okupas los faraones?).
De las ciento ocho pirámides que se conocen éstas representan el culmen y el viajero expuesto a su grandeza (y su menor grandeza es la de su tamaño), no puede menos que sentir como el pulso del tiempo se ha detenido, frenado por el ansia de inmortalidad que animó a todo un pueblo. (Según un refrán árabe, “El Universo sólo teme al Tiempo, el Tiempo sólo teme a las Pirámides”).
El Cairo
La segunda revelación de Egipto nos asalta y nos engulle según pisamos tierra, en forma de una ciudad bulliciosa, caótica, en permanente estado de emergencia vital, habitada por más de diecisiete millones de almas, almas que animan y mueven otros tantos cuerpos que insisten en mostrarse todos juntos y a la vez en todos los puntos cardinales de la ciudad, a todas horas. Circular por El Cairo es un continuo concierto de frenos, bocinazos y luces, contrapunteado por el sobresalto de innumerables choques y atropellos abortados en el último instante.
Pie a tierra se añade la pimienta del propio riesgo y la sal del contacto humano, próximo, intenso, plagado de evocaciones olorosas, de invitaciones variopintas, en todos los idiomas que Babel pudo imaginar, (aunque, ¡milagro?, suelen acertar a la primera con la lengua de cada grupito).
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