En el interior del templo de Ramses, la penumbra nos deja entrever las hazañas de dioses y hombres (y como la historia se ve de distinta manera según quién la mire, la victoria sobre los hititas que aquí se muestra es relatada en los documentos del “enemigo” como una espantosa derrota de la que salvo la vida el faraón por los pelos – y estaba afeitado -…).
Al fondo del cubículo más profundo cuatro nuevas estatuas evocan cuatro dioses que esperan su momento de gloria cada seis meses, cuando el sol del equinoccio amanezca y vaya alumbrando sucesivamente sus figuras, deteniéndose, temeroso, a los pies de la cuarta, representación del dios de las sombras.
Y queda el Nilo, padre y regalo de Egipto, una mansa cinta de agua que llega del corazón de Africa para alimentar el Mediterráneo, tras el mayor recorrido que río alguno haya soñado en el mundo.
Navegar por el Nilo permite atisbar la sencilla vida de campesinos y pescadores que se emplean con medios muy próximos a los de sus lejanos antepasados, acequias, falúas, asnos, meharis, bueyes, cabras y búfalos.
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