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El Cairo es ciudad de contrasentidos donde, en medio de la pobreza de muchos sobresale el esplendor de algunos palacios, hoteles y barrios residenciales, con pisos que cuestan más de cien millones de pesetas y donde sobresale la vida en el terreno acotado a los muertos. En medio de la ciudad, en el mayor cementerio, (de varios Kilómetros cuadrados de extensión), se halla la “Ciudad de los Muertos” poblada por los refugiados de la guerra de los seis días y por otros desplazados de la corriente social.
Aquí conviven los vivos y los muertos compartiendo incluso los mismos edificios. Éste no es lugar para el turista alegre y confiado, buena parte de los mundos del integrismo y de la droga callejea por esta extraña ciudad, que comparte con algunos de los fantasmas más acaudalados de Egipto.
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| Templo de Abu Simbel. |
Mucho queda por recorrer y contar de El Cairo, mezquitas, fortalezas, guetos coptos con sus iglesias de sabor orientalizante, ricas en sombras e iconos. Pero prefiero orientar mi rumbo al recuerdo que me dejó la visita de otros puntos del interior del país que sedujo la imaginación de cuantos nos precedieron, (desde Herodoto es conocido el impacto que este “regalo del Nilo” dejó en aquellos viajeros que arrumbaron a sus costas).
País que, por cierto, sigue asombrando con sus modernas proezas, como la presa de Assuan, un “pantanito” con la cabeza en Lugo y la cola en Madrid.
Cerca de esta gigantesca presa se exhiben algunos monumentos que, como Moisés, fueron salvados de las aguas, entre ellos la joya de la corona: Abu Simbel, conjunto de dos imponentes templos excavados en la roca, en honor de Ramses II y de su esposa Nefertari.
A sus puertas se yerguen cuatro gigantescas estatuas sedentes, que se muestran altivas al viajero que llega doblando un recodo del camino. Junto con la visión que tuve de las pirámides desde el aire, esta es una de las impresiones que más huella han dejado en mí de este viaje soñado
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