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Oyes ofertas de saldos imposibles y peticiones que te sitúan en el verdadero nivel de vida del país, donde un profesor de Universidad gana unas cincuenta mil pesetas y donde un bolígrafo de resorte es la quintaesencia de la sofisticación para cualquier chicuelo o chicuela de los que te tropiezas en las apretadas calles, cuando consiguen hacerte comprender lo que desean y lo consiguen, el asedio es constante por parte de todos sus compañeros, que cuando ven que el maná se ha agotado tornan a asediar a sus amigos más afortunados para ver, manosear, oler y jugar con tan codiciado tesoro (Una forma muy fácil y barata de ganarse muchas sonrisas y hasta pequeños regalitos es la de llevar y repartir bolis, muchos, de muelle – ¡de capuchón ya tienen!-.
¡Alto!, ¡un descanso!; en cualquier café os servirán un excelente té con menta (hierve, hace calor y, sin embargo, ¡cómo refresca!).
Tras reponer el cuerpo y el ánimo, una nueva experiencia cairótica. El Museo Egipcio, un edificio ranciamente académico en su arquitectura y concepción, que alberga en salas atestadas una panorámica extensiva, exhaustiva y exhaustante de antigüedades que ya eran viejas en nuestra Edad de Piedra. En este museo se exhiben algunas de las joyas más representativas de la aventura humana.
Pocos pueblos estuvieron más interesados en la inmortalidad y dedicaron más esfuerzo a facilitarse su porvenir eterno. Así, encontramos no solo las famosas momias, sino los más notables ajuares funerarios, incluyendo 365 sosias, para que cada uno de ellos trabaje en los campos celestes un día cada año ¡no hay que cansarse ni muerto!.
En este museo podemos prescindir de pagar un extra de morbo para ver las momias, pero no podemos dejar de visitar el tesoro de Tut-ank-Amón ni las realistas efigies de Amenophis IV (o Aken- Atón), que no sé si hicieron que el modelo se arrepintiera de su arrebato por la exactitud en el retrato, dada la elefantiasis que padecía y que queda tan patentemente reflejada en las esculturas de este impulsor del monoteismo.
¡De vuelta a la vida!. Una visita al bazar acabará y refinará las dotes de negociación de cualquier europeo (y con su bolsillo, en cuanto se sea un poco caprichoso). Si aceptáis un consejo os propondré que os internéis por las partes más profundas, que entréis en las callejas secundarias, poco a poco iréis dejando de ser un objeto de comercio, los puestos os mostrarán otro tipo de mercancías, aquellas que compran y usan los cairotas.
Podréis ver utensilios como los que vuestros abuelos empleaban en su vida rural, cubos y baldes de zinc, lecheras, maquinas de coser manuales, junto con otros que os hablarán de Oriente, de la preparación del té, de la especiación de los alimentos tradicionales, veréis la carne orgullosamente expuesta a la puerta de las carnicerías, y libre, a ratos, del acoso de moscas por el enérgico uso de atizadores que hace el dueño cuando no está atendiendo la clientela.
Podréis ver también mezquitas escondidas, humildes y alejadas del lujo que os mostrarán los guías en aquellas que son punto de mira de las excursiones turísticas.
En fin, el mundo renacido que visitaba el buen califa Harum Al Raschid en las mil y una noches y que inspiró a tantos viajeros y escritores que se adentraron en el rostro interno de este pueblo. Ojo, también vosotros encontraréis esa cara, mendigos ciegos que desfilan recitando suras del Corán, cojos y lisiados que sobreviven de la limosna, puede hacerse duro este recorrido por el interior del bazar,…
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